No se espanten. No. Tampoco les pido perdón por lo que voy a escribir. En nuestro Master de Sexología, uno de los primeros ejercicios que hacemos (el primer mes) para ver hasta que punto necesitamos matizar y no categorizar cuando se trata del sexo de los sujetos, es leer un par de biografías del Marqués de Sade. La conclusiones que extraen los alumnos, entre otras, es lo poco que sabemos de Sade y lo mucho que lo usamos como chivo expiatorio de lo peor. Habría que insistir: lo peor de lo peor de lo peor de lo peor.
Esta conclusión (insisto, dentro de otras no menores) es un golpe demasiado fuerte a la ignorancia y a la frivolidad, a la intolerancia con que solemos apuntarnos a opinar de todo sin la mínima dosis de conocimiento. En efecto en el caso de Sade se sabe lo que se dice y lo que aumentan sobre lo que se dice, pero se ignoran los datos más elementales de su vida. Una vida tan distinta al fantasma construido sobre él.
El otro detalle que suele chocar es que Sade escribió mucho e hizo, de hecho, muy poco reprochable. Es lo que se conoce como la vida de un escritor de ficción en el que se toman las ficciones por hechos. Cuando se trata del sexo, el límite no suele ponerlo nadie.
La cuestión viene de lejos. Cuando Sade murió en Francia, aquel frío 2 de diciembre de 1808, sus obras circulaban en la clandestinidad. Sus hijos y su familia (Sade fue un padre de familia, sí) guardaron silencio. Pronto la psiquiatría se encargo de hacer de él el monstruo que todos conocen a través de un síntoma derivado de su nombre y aplicado a todo el que, siniestro, perverso, etc, hacía el mal para sentir gusto o placer. Al sadismo se añadió el ensañamiento, ya no con él, convertido en una entelequia sino con cualquiera a quien le cayera encima el diagnóstico sádico.
Un siglo más tarde, en 1903, el autor de La vida sexual de nuestro tiempo y uno de los fundadores de la sexología, Iván Bloch, -bajo el pseudónimo de Albert Dürer- tuvo el coraje de afirmar -y probar- que Sade no era ningún psicópata sexual, como afirmaban los tratados. Y que muchos, así diagnósticados, no eran sino producto de la comodidad, de un estereotipo y de prejuicios científicos. Sobre todo, comodidad o pereza -desidia- para cubrir con un rápido diagnóstico lo que necesita un poco -sólo un poco- de estudio y conocimiento. Aquella obra de Bloch fue traducida al castellano en 1924.
El surrealismo francés tomó a Sade como una fuente de inspiración. En los años sesenta, Simonne de Beauvoir escribió un ensayo titulado: ¿Quemamos a Sade? Esta obra fue un revuelo -otro- en la naciente ola de feminismo de la época. No. Sade no necesita ser quemado. Nos ha enseñado mucho. Y lo que necesita es ser conocido, no tipificado y estereotipado. Condenado por aclamación popular. Sade, nuestro hermano, es otra obra sobre la biografía de Sade. Hay cientos en contra y a favor. Sade ha dado para todo. Hasta para una gran lección que podemos aprender, si queremos, claro.
